domingo, 30 de agosto de 2009

LA HISTORIA DE VENUS (II)


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Venus tuvo que afrontar un momento decisivo en su vida: la llegada de una “cachorra humana” en su vida. Dejó de ser motivo de preguntas para dejar paso a esa nueva “intrusa”. Siempre ha sido muy respetuosa con ella, dado que sabía que todos nos íbamos a enfadar con ella si hacia algo malo a esa criatura.

Pronto cambió a un master por otro: mi pareja dejó de vivir en casa y yo tuve que afrontar el papel de líder. Poco a poco nos fuimos adaptando la una a la otra y aprendimos a convivir sin roces… En ese momento, a Venus se le daban los comandos en francés, aunque ahora es “bilingüe” y entiende en los dos idiomas. Se le enseñó a sentarse, acostarse y a dar la patita, a no subirse a los sillones para echarse una siesta… en fin, lo normal para un perro. Costó muchos trozos de queso adiestrarla, pero también paciencia, tiempo y cariño.

Una vez más, Venus tuvo que cambiar de casa y dejó atrás un cómodo jardín por una azotea grande, pero azotea al fin y al cabo. Fueron unos años un poco duros, donde su presencia se confinaba a la parte alta de la casa y a pocas salidas. Venus siempre ha aceptado los cambios con estoicismo. A ella le bastaba con saber que yo estaba allí y que, si salía, volvería a ese sitio.

En esos momentos, a Venus no le gustaba mucho que la mangonearan otras personas que no fuera yo. A veces se mostraba un tanto hostil con la pequeña, aunque no pasó más allá de un susto. Fueron un par de años duros, pero en los que me di cuenta que ella formaba ya parte de mi pequeña familia.
(continuará)

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sábado, 22 de agosto de 2009

LA HISTORIA DE VENUS (I)


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Hace casi ocho años que Venus entró a formar parte de mi vida. Todo empezó con una llamada a mi móvil del que era mi pareja un sábado, 4 de Noviembre:

- Hola, te llamo porque acabo de adquirir un bicho peludo a cuatro patas.
- ¡No es posible! Sabes que tenemos a Chico ya en casa – un gato que tenía ya seis meses, que compartía un piso de una habitación con nosotros.
- ¡Lo sé, pero es tan bonita!

En un principio, la idea no me hizo gracia, pero transigí. Total, pronto iríamos a vivir a una casa terrera con jardín detrás y podríamos estar todos más cómodos.

Esa noche tuve una celebración y no tuve la oportunidad de ver al “bicho peludo a cuatro patas” hasta el día siguiente. Al verla, no pude sino encogerme de hombros y “enamorarme” de ella. Tenía las patas y las cejas color marrón y el resto era todo negro. Sus patas anchas daban que pensar en que podía terminar siendo algo parecido a una rottweiler… Nada más lejos de la realidad: todavía la gente apuesta que tiene mezcla de grifón con beagle y el pelaje de yorkshire.

Su historia conmigo comenzó cuando alguien (algún irresponsable) dejó abandonada una caja de cartón con cachorritos en la puerta de un hotel en el sur de Tenerife. Una de ellas es el personaje de esta historia, la que tuvo más suerte que el resto, por lo que he oído decir… Todavía no me cabe en la cabeza cómo es que existan todavía personas que hagan esta crueldad y puedan vivir sin remordimiento de conciencia… pero esta no es la historia de ellos: es la historia de Venus, la cachorrita afortunada.

Desde ese momento, Venus se integró perfectamente en la rutina de la familia. Era gracioso ver cómo Chico, el gato, y ella se ponían a jugar. Recién llegada era del mismo tamaño que el gato: en algo más de un mes ya había superado ese tamaño y su color preferente pasó a ser marrón. Hacía un par de trastadas, pero en seguida aprendía que no estaba bien hecho. Ese mismo año, la perrita se tomó mi plato de lentejas de Fin de Año (plato tradicionalmente denominado de buena suerte para el año entrante): ¿Qué iba a hacer, si se lo puse a su altura? Además, había que celebrar la fortuna que tuvo de que alguien la acogiera en su casa… Desde chiquitita ha tenido un instinto defensor y ha protegido las casas donde ha estado con sus ladridos: todavía me acuerdo de la manera tan ruidosa con la que nos recibió un día en casa, cuando estábamos todavía mudándonos a una casa con jardín. No tenía ni tres meses y ya daban miedo sus ladridos…

(continuará)

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lunes, 17 de agosto de 2009

CRIANDO A LOS HIJOS DEL FUTURO


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Mi hija estaba invitada hoy a una fiesta de cumpleaños infantil. Allí se reunieron familiares y amigos de la niña agasajada. Lo primero que preguntó al llegar fue: “¿Dónde están mis regalos?”… La sinceridad de los niños de 6 a 10 años es abrumadora: en cuanto abrió los regalos, comentó que ya no estaba muy por los chicos de High School Musical como el año pasado (le habíamos comprado un portalápices y un reloj con ese motivo). Cada vez que llegaba una visita la pregunta era la misma y daba grititos de alegría si el regalo era lo que ella estaba esperando.
Sus padres hicieron un gran esfuerzo para ofrecerle una fiesta, como hacen todos los años por estas fechas. Su madre parece que es otra niña más organizando cada detalle: comida especial para los niños, comida para los mayores, tentempiés, golosinas, castillo hinchable, pequeña piscina, lugar donde jugar a sus anchas… Como el cumpleaños de mi hija es en pleno invierno no puedo organizar su fiesta de esta manera y recurro a las empresas que hacen este tipo de eventos en lugares cerrados. Es un tipo distinto de “sacrificio”, pero, al fin y al cabo, lo hacemos por la felicidad de nuestros hijos.
Todo esto me ha hecho pensar en si lo que estamos haciendo los padres de hoy en día es lo correcto. Da la impresión de que estamos ofreciendo mucho sin pensar mucho en las consecuencias. Aunque parezca mentira, está comprobado que los niños son más felices si tienen unas referencias, unos límites dados por sus padres. Si seguimos así, lo que ofreceremos al mundo son personas malcriadas, que no se conforman con lo que tienen y que nunca serán felices.
Hoy he tenido la oportunidad de hablar con algunas madres en el almuerzo que sirvieron a los mayores y constaté que todas estamos preocupadas por la educación de nuestros hijos. Algunas se mostraban preocupadas por los malos modales que los niños puedan aprender en la escuela de otros niños. En realidad, lo que hay que preocuparse es de lo que puedan aprender en casa. Ahí está la base de toda educación. Los niños son como hojas en blanco que imitan lo que tienen más cerca: sus padres o tutores. Si nosotros, como sus responsables decimos palabras malsonantes, va a ser difícil que ellos dejen de decirlo; si no corregimos actitudes y/o aptitudes, van a seguir haciendo las cosas como siempre. Nosotros somos su faro, su guía, su ejemplo: si nosotros no los llevamos por el buen camino, no podremos quejarnos el día de mañana cuando se vuelvan unos adultos imposibles de tratar.
No estoy diciendo con esto que los niños de hoy en día no se merezcan regalos, atenciones especiales: no obstante, son niños y dejarán de serlo en el futuro, teniendo que cargar con las responsabilidades de un ser adulto. Eso sí: dándoles a entender lo afortunados que son y guiándoles con normas que ellos puedan entender.
Los niños de hoy en día, aunque no lo parezca, piden más tiempo con sus padres que el último juego para la Wii. A pesar de las circunstancias que nos rodean, voy a hacer lo posible por tener un poco de tiempo de calidad con mi hija, ya que la recompensa es muy grande: un ser humano más humano, consecuente y generoso para el futuro y una sonrisa de oreja a oreja cuando estoy con ella… Creo vale muchísimo la pena.

domingo, 16 de agosto de 2009

ARREGLANDO EL MUNDO


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Hoy en día, sitio por donde vayas, sitio donde las conversaciones tienden a un mismo lugar: la crisis. En la cola del paro, en las llamadas telefónicas, en las reuniones sociales, incluso en tu propia casa. Todos creemos (incluido uno) tener la solución mágica para solucionar los problemas que padece el mundo. Lo malo es que la gran mayoría hemos sufrido de manera directa o indirecta las consecuencias de estos tiempos que corren.
¿Qué es lo más fácil en estas circunstancias? Echarle la culpa a otros. Cierto es que ha habido unos cuantos que se han aprovechado de la codicia existente de unos cuantos para hacer y crear agujeros financieros que sólo Dios sabe dónde está el fondo. Los bancos, creando expectativas a los más poderosos a través de los sueños de los más modestos, que no pudieron aguantar tantas deudas y tuvieron que dejar todo por lo que habían luchado toda su vida…
La globalización ha contribuido a que las deudas de una familia humilde de Alabama influyan para que el banco de la esquina te niegue un crédito… Todo porque el banco de la esquina ha confiado en los paquetes de las hipotecas “subprime” disfrazadas y no saben si mañana van a poder pagar al empleado que te está atendiendo. Esto se ha dicho hasta la saciedad por los economistas y los cómicos más respetados del mundo… Incluso algunos están sacando provecho de la crisis: dan conferencias por el mundo, sacan libros que explican lo que está pasando, los ves en anuncios de una marca petrolera conocida. ¡Se venden como rosquillas!
Eso sí, nos olvidamos que esta no es la primera vez que el capitalismo se colapsa desde el interior: en 1929, 1973, 1989-90… Es cierto que esta vez no se ve la luz al final del túnel, pero, en esencia, la base es la misma: el provecho de pocos por el sacrificio de muchos… Todas estas crisis sirvieron para reestructurar lo que no servía y crear situaciones y empresas nuevas, adaptadas a las necesidades reales de la sociedad. Esta vez la reestructuración va a ser mayor que antes: hay que buscar otro queso si el nuestro apesta (“¿Quién se ha llevado mi queso?”, de Spencer Johnson, lectura recomendada para ahora y escrita hace más de diez años). En otras palabras, si mi negocio no funciona, buscar la manera distinta de que lo haga y, si no funciona así, buscar otro tipo de negocio. Ya no vale que la empresa lleva generaciones y siempre lo ha hecho así: renovarse o morir… que se lo digan a Madonna, la reina de los cambios.
De todas maneras, tenemos una responsabilidad también nosotros. No miremos hacia los lados esperando una solución. Hay que intentarlo. Hay que ver qué prioridades hay en la vida y dejar atrás lo que no necesitamos para vivir… Creo que muchos estamos haciendo esto ahora.
En cualquier caso, para mí, la definición de crisis va más allá de no poder comprar la última pantalla plana o no poder ir de viaje. Una crisis real significa no poder ofrecer un techo, educar, vestir, calzar y dar de comer a nuestros hijos. Mientras esas prioridades estén satisfechas, el resto de necesidades no son tal. Cuando veo en los centros comerciales las cafeterías llenas, los cines con cola y los carritos de la compra con los últimos juegos para la Wii, me pregunto: ¿Dónde está la crisis?
Una empresa de regalos publicitarios tiene una frase de la que extraigo parte: “La crisis es un momento difícil, donde no gana el más fuerte, no gana el más inteligente, gana quien mejor se adapta al medio…” (“Público”).